jueves, 16 de abril de 2009

seconds...


Todo puede cambiar en un segundo. Incluso cuando lo pensaste tanto tiempo, ese segundo final es el momento en que sucede, en que se hace real. Deja de ser un proyecto, una idea, para ser algo que pasa. Es verdad que las revoluciones se convierten en tales cuando estallan, luego de gestarse durante días, meses, años… muchos años quizá. Pero ese último segundo es el que define, el que te hace tomar el trago de cerveza que marcará la diferencia entre una noche alegre y una que no podremos recordar. Pero es así, las decisiones constantes son las que definen lo más ínfimo y lo más gigante.

Ese segundo que se destaca a veces se reduce a lo que podemos controlar, pero muchas veces se marca por su cuenta. Una llamada telefónica, una calle cortada, una palabra, una maniobra de mi vieja hace más de 20 años para que ese camión no nos golpee tan fuerte y yo siga viva. Son esos segundos que son más que una aguja girando.
También están los segundos gloriosos, donde una sensación inexplicable te encuentra y juega dentro de tu cuerpo. Un puñado de tiempo ínfimo que va a definir la escala sensorial. Los mejores recitales, las canciones, los mates, los libros, las tardes. Esas porciones temporales que implican algo irrepetible. Esa primer acorde de In the flesh en vivo. La noche que tocó Devendra y al levantar la vista me di cuenta que no había techo. Mi primer despertar agradable después de muchas noches de insomnio. Infinitos segundos que no quiero dejar ir, y que al pensarlos todos juntos se vuelven tiempo y pierden la gracia. No trato de decir nada, sólo pienso. Me doy cuenta que pasé mucho tiempo sin pensar en los segundos, en las unidades más básicas, en las porciones más pequeñas que forman esta rueda. Los segundos decisivos (propios y ajenos), los trágicos, los milagrosos, los inevitables, los que son más únicos que el resto. A veces el tiempo se convierte en un karma, en una pelota que aplasta la cabeza, nos persigue, nos define y hasta nos aterra. Como una bella pulsera nos marca el paso, y nos pisa más de lo que lo disfrutamos. Puto tiempo que no se si desperdicio o aprovecho, pero que define, suena, tic tac. Suena. Está ahí, esa convención. Tantas cosas sin pasar, esperando echar a rodar. Pero la espera, también es tiempo. Tiempo muerto. Pero si está muerto, ¿sigue siendo tiempo? Porque el tiempo pasa, y la espera aguarda. Entonces veo que espero mientras el tiempo pasa, y no se qué me detiene. ¿Será otra convención?