Cumplí años otra vez, soy tan de aries. A mi este tema de sumar abriles me pone un poco incómoda. La sensación de sentir que el tiempo pasa y que lo uso mal, que no avanzo yo sino que son los años los que me pasan por arriba como la gente que se baja del subte en Carlos Pellegrini a las 6 de la tarde. De todas formas, y quizá con cierto ánimo de mitigar el malestar que indefectiblemente provoca este tipo de balance, lo festejo. Pese a no ser muy amiga de las multitudes (término que aplica para un número superior a las 5 personas en una misma habitación/mesa/casa), me junto con la buena gente que me rodea a pasar un buen rato. Quizá sea una mera excusa para socializar y concretar reuniones que siempre se posponen en la vorágine semanal. Esta vez, volvimos a la Luján, la casa de mis viejos, definida entre mi círculo íntimo como el paraíso más cercano a nuestros domicilios.
La noche previa a sábado festivo, y luego de luchar contra el humo del acceso oeste, nos instalamos allí. Se hicieron las 12 a la altura de General Rodríguez, ponele, y yo lo único que quería era bajarme del auto porque el tránsito nocturno-ahumado me da un miedo de esos que te hacen sentir una pelotuda. La colorá (boló) me saludó por mensaje de texto desde el asiento de atrás y me dio tanta gracia que la cara de pánico se me sonrió por unos segundos. Después puso un jabón garden angel de vainilla frente a mis narices y, wow, como amo los jabones garden angels de vainilla. Acto seguido, llegamos. Recibí regalos y tomamos cerveza en la galería, con floyd mordiéndome los dedos de los pies. Al otro día se largó el asado, la música, el bello aire libre ahumado que me dejó los ojos secos, y comimos torta tirados en el pasto. Mi viejo, autor de los asados que se llevan más aplausos, jugaba a la pelota con nosotros y sobornaba a los del equipo contrario amenazando con cortar el suministro de cerveza. Mi vieja jugaba a la generala, no paraba de ofrecer comida y se abstuvo de contar anécdotas incómodas (para mi) sobre mi infancia. Mi prima socializaba (habla!) y no se fue a dormir la siesta. Es que sí, con todos sus defectos (y los míos), mi familia es lo mas. Y mi gente… la elegida, la que está, la que queda porque vale, es una maravilla. También los que llegaron de sorpresa en un mensaje de texto. Entonces por un fin de semana te escupo el balance en la cara y disfruto lo que hay, lo que está, lo que hice, lo que hicimos, lo que tengo, que el domingo a la noche ya voy a tener tiempo de pensar en el lunes. Y una semana después me voy a encontrar atormentada, pensando sin resolver, sentada en la oficina tratando de entender qué es lo que estoy haciendo mal, contando las monedas para llegar a fin de mes y decidiendo escribir sobre algo que me arranque algunas sonrisas.
La noche previa a sábado festivo, y luego de luchar contra el humo del acceso oeste, nos instalamos allí. Se hicieron las 12 a la altura de General Rodríguez, ponele, y yo lo único que quería era bajarme del auto porque el tránsito nocturno-ahumado me da un miedo de esos que te hacen sentir una pelotuda. La colorá (boló) me saludó por mensaje de texto desde el asiento de atrás y me dio tanta gracia que la cara de pánico se me sonrió por unos segundos. Después puso un jabón garden angel de vainilla frente a mis narices y, wow, como amo los jabones garden angels de vainilla. Acto seguido, llegamos. Recibí regalos y tomamos cerveza en la galería, con floyd mordiéndome los dedos de los pies. Al otro día se largó el asado, la música, el bello aire libre ahumado que me dejó los ojos secos, y comimos torta tirados en el pasto. Mi viejo, autor de los asados que se llevan más aplausos, jugaba a la pelota con nosotros y sobornaba a los del equipo contrario amenazando con cortar el suministro de cerveza. Mi vieja jugaba a la generala, no paraba de ofrecer comida y se abstuvo de contar anécdotas incómodas (para mi) sobre mi infancia. Mi prima socializaba (habla!) y no se fue a dormir la siesta. Es que sí, con todos sus defectos (y los míos), mi familia es lo mas. Y mi gente… la elegida, la que está, la que queda porque vale, es una maravilla. También los que llegaron de sorpresa en un mensaje de texto. Entonces por un fin de semana te escupo el balance en la cara y disfruto lo que hay, lo que está, lo que hice, lo que hicimos, lo que tengo, que el domingo a la noche ya voy a tener tiempo de pensar en el lunes. Y una semana después me voy a encontrar atormentada, pensando sin resolver, sentada en la oficina tratando de entender qué es lo que estoy haciendo mal, contando las monedas para llegar a fin de mes y decidiendo escribir sobre algo que me arranque algunas sonrisas.
