miércoles, 20 de diciembre de 2006

pequeñas delicias de la vida laboral

Llega un momento del día en el que no soporto ni uno de los sonidos que me rodean en la oficina. La secretaria eficiente con su voz finita (y no es una modelito de trajecito sastre, es mucho más bizarra la que tenemos acá) y sus explicaciones interminables; el que reclama pagos en voz alta y a los gritos; la que no se sabe que hace pero se ríe de forma tal que te hace doler en entrecejo. Y la impresora de punto. Porque yo creí que el futuro había llegado, pero los miércoles por la tarde me recuerda que debe estar viniendo por libertador en el 130, porque acá no lo tenemos; entonces empiezan a imprimir las etiquetas y ese ruido constante es peor que el del motor de la heladera vieja que estaba en el fondo de la casa de la abuela (si, esa que enfriaba posta). Entonces ahí se corona la tarde en donde las opciones son estrellarse la cabeza contra el monitor, descargarse insultando al pobre cristo que le pone play a la bendita máquina, o bien irte a la mismísima mierda, con las cosas a medio terminar y cruzar la plaza de mayo corriendo como niña y espantar a las palomas.

2 comentarios: