jueves, 27 de septiembre de 2007

recorcholis

Y un día el gol nos dejó. Pero ¿tenía que ser un día de semana a la medianoche cuando yo tenía ganas de llegar para ver al menos algún capítulo de Lost antes de irme a dormir? Tenía que ser así. Últimamente mido mi vida en cuántos capítulos de esta serie voy a poder ver. Soy un triste fracaso social, lo se. La cuestión es que algo reventó dentro de auto y salpicó agua para todos lados. Automáticamente, al ver que salía humo del capot, agarré mi cartera, la bolsa con mis queridas botas violetas (porque con las botas no se jode) y me bajé. Acto seguido, me cubrí como esperando una explosión de película en medio de la avenida Boedo. Pero no, todo el espamento fue por una bendita manguera que no tuvo mejor idea que explotar a mitad de camino, con el auto andando. Lindo cagaso, my dear. En resumen, acomodamos el rodado a empujones a un costado de la calle y nos sentamos a esperar a que la grúa nos venga a salvar. Media hora más tarde (si, algunas veces tengo suerte), cual chapulín colorado el vehículo salvador de sirenas amarillas se aprontó ante nosotros. Con mis botas en la mano (no vaya a ser que el auto se suelte de ahí atrás y yo me quede sin mi calzado violeta) nos subimos a la cabina y continuamos viaje. Y después, ni Lost, ni sexo, ni nada. Que lo parió, mendieta. Que lo parió.

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